Somos seres naturalmente desproporcionados. Tenemos un pie más grande que el otro, una mano más grande, o un ojo, una ceja, o incluso una teta. Pero lo cierto es que me he dado cuenta que nuestra desproporción va más allá de lo físico. Siempre tendemos a desproporcionar algo que era proporcional, o lo que es lo mismo, a exagerar.
Cuando tenemos un problema, lo cogemos, lo hacemos el centro de los temas de conversación, lo cambiamos, lo agrandamos, lo ensanchamos y lo exageramos. Lo triste no es exagerar, lo triste empieza cuando te das cuenta que por una vez aunque estés exagerando es lo que toca hacer.