Despertar
Ya van dos veces que suena el despertador, pronto llegara la tercera, pronto se repetirá ese doloroso chirrido que en cualquier otra ocasión me parecería una de mis canciones favoritas, pero ahora solo puedo oir notas desafinadas que pretenden estallar mis tímpanos y acabar con mi pasiencia. Aún no he abierto los ojos, no me siento con fuerzas como para ello, siento como si sobre mis párpados hubieran puesto trecientas toneladas de cemento que no me permiten escapar de la oscuridad en la que me encuentro.
A tientas voy tocando mis suaves sabanas de franela, hasta llegar al bordillo del colchón, una vez ahí mis dedos rozan el frio somier que me avisa que la mesa de noche en la que se encuentra el elemento maldito anda lejos. Elevo entonces mi brazo en la oscuridad lanzándolo sin sentido, como si el lugar donde cayese no importara, de pronto siento un dolor frio y punzante en la palma de mi mano, la retiro y al hacerlo me encuentro con el dichoso despertador de noventa kilos y un volumen del cien. Consigo apagarlo, pero se cae al suelo, y al hacerlo escucho miles de caballos galopando por mi habitación, galopando sobre mi cabeza. Me retuerzo en la cama intentando acabar con el doloroso sonido ,pero al hacerlo siento fría mi cálida cama, esta vacía el no está, no volverá, es entonces cuando abro mis ojos y a pesar de tenerlos como platos la oscuridad sigue ahí, la fría y dolorosa oscuridad no se marcha como hizo él.